Viviendo en tiempos apocalípticos

—Pero cuando estudiamos los indicios de los tiempos, debemos siempre recordar que el asunto principal de Cristianos no debe ser juzgar los pecados del mundo, sino hacer más profundo nuestro propio arrepentimiento...

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No hay cuestión que vivimos en tiempos perturbadores. El siglo XX fue testigo de una persecución sin paralelo de Cristianos por todo el mundo - principalmente por violencia revolucionaria en el Este pero principalmente por tentación mundana en el Oeste (si dudas que los dos son comparables, simplemente indico el testigo Alexander Solzhenitsyn quien tenía ocasión abundante para experimentar las dos, él mismo). Tal persecución nos fue predicho por nuestro Señor: —Entonces os entregarán para ser afligidos, y os matarán; y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. (Mateo 24:9). Y antes de esto, Él había avisado del ascenso de profetas falsas, de guerras y rumores de guerras, de pestes y hambrunas y problemas de muchos tipos - nada de las cuales son por ninguna manera muy lejos de nuestra experiencia actual. Y ahora que el año 2020 - con su multitud de tragedias y tentaciones - se ha cerrado, más y más Cristianos llegan a la conclusión de que los tiempos en los que vivimos no son meramente perturbadores, sino apocalípticos.  

¿Qué debemos pensar de esto como Cristianos Ortodoxos? De una mano no podemos estar de acuerdo con los sistemas dispensacionalistas de unos Protestantes, ni podemos alentar una fijación de determinar —los tiempos o las estaciones que el Padre ha puesto en Su propio poder— y que Cristo declaró que simplemente no son para nosotros saber. (cf. Actos 1:7). Pero al mismo tiempo, somos ordenados —discernir los indicios de los tiempos— (Lucas 12:56), y sobre todo somos llamados a una vigilancia incesante en anticipación de la venida de nuestro Señor: —Y las cosas que á vosotros digo, á todos las dijo: Velad.— (Marcos 13:37).

Y hablando teológicamente, no puede ser duda de que verdaderamente estamos viviendo en los tiempos finales - porque según la enseñanza de la Iglesia Ortodoxa, hemos estado viviendo en los tiempos finales desde el Día de Pentecostés. Aun en los primeros años de Cristianismo, el Apóstol Pablo ya hablaba de él mismo y de sus hermanos y hermanas en la fe como los —en quienes los fines de los siglos han parado.—  (1 Corinthians 10:11). De verdad, tan expectantes estaban los Cristianos primeros del regreso inminente de Cristo que San Pablo en un momento aun tuvo que asegurar a la iglesia en Thessalonica usando los términos más fuertes que el mismo Día ya no había llegado (cf. 2 Tesalonicenses 2). Para los primeros Cristianos, era demasiado claro que —no tenemos aquí ciudad permanente, mas buscamos la por venir.— (Hebreos 13:14). Que nosotros, los Cristianos hoy, hemos perdido la inmediatez de tal visión escatológica es, pienso yo, mucho para nuestro daño.  

Porque esta conciencia escatológica no fue de ninguna manera una causa de desesperación para los Apóstoles y los primeros Cristianos, según las palabras del Señor cuando Él nos avisó de las tribulaciones de los días finales: —mirad que no os turbéis; porque es menester que todo esto acontezca— (Mateo 24:6). Al contrario, es claro que el conocimiento del fin de este mundo era, para los primeros creyentes, una fuente de esperanza y alegría sin límites. Durantes las primeras Liturgias celebradas por los Apóstoles, después de la Santa Comunión, el celebrante exclamaba: —Que venga la gracia, y que este mundo se acabe— (Didache 10), haciendo eco de la oración ofrecida con amor y añoranza al fin del Apocalipsis de San Juan: —Ciertamente, vengo en breve. Amén, sea así. Ven: Señor Jesús.— (Apocalipsis 22:20). Pero para nosotros, si los signos del apocalipsis venidero nos llenan primeramente con anxiedad o enojo, entonces tenemos que reconocer que hemos perdido algo precioso de la visión autentica de la vida Cristiana. 

Y esto nos trae a lo que es en mi opinión el indicio más perturbador y urgente de los tiempos: —Y por haberse multiplicado la maldad, la caridad de muchos se resfriará.— (Mateo 24:12). Si nuestro amor por el Señor fuera puro y perfecto, nuestros corazones no podrían ser tocados por angustia ni consternación cuando vemos el mundo temporal y breve venirse para abajo. Pero nuestras iniquidades nos han ligados a este mundo y han hecho fríos nuestros corazones hacia la venida del Reino de los Cielos. Porque como dijo nuestro Señor: —Ninguno puede servir á dos señores; porque ó aborrecerá al uno y amará al otro, ó se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir á Dios y á Mammón.—(Mateo 6:24). Y así a cualquier grado que provocan miedo y enojo en nuestros corazones los indicios de los tiempos, al mismo grado debemos reconocer que hemos caído bajo el dominio de nuestras pasiones y hemos dado nuestro amor a este mundo y no al Reino de Dios. 

Pienso que muchos Cristianos están conscientes de que el mundo total ha estado en el proceso de desprenderse del amor de Dios y que se ha dado a iniquidades diversas durante mucho tiempo ya. Pero cuando estudiamos los indicios de los tiempos, tenemos que guardar en nuestras mentes que el asunto principal de Cristianos no debe ser juzgar los pecados del mundo, sino hacer más profundo nuestro propio arrepentimiento. Como escribió San Ignatius Brianchaninov:

Apostasía se permite por Dios; no seas tentado pararla con tu mano débil...Distánciate y guárdate de ella; y eso será suficiente para ti. Sé el espíritu de los tiempos; estúdialo para que puedas evitar su infuencia tanto como sea posible. 

Debemos buscar el espíritu de los tiempos no sólo en los eventos del mundo, sino sobre todo en nuestros propios corazones. Esto es nuesto verdadero campo de batalla espiritual, sobre el cual nuestro destino eterno será decidido ultimamente.

Y pienso que si somos honestos con nosotros mismos, muchos (si no la mayoría) de nosotros reconoceremos que nuestro amor de verdad se ha enfriado. No sólo nuestro amor por Dios y por el Reino del Cielo, sino también nuestro amor por nuestros vecinos - y trágicamente, en unos casos, aun para nuestros hermanos y hermanas en la Fe. Los eventos de 2020 han catalizado un nivel de división en nuestro país que no se ha visto desde la Guerra Civil. Y el peor de esto muchas veces se encuentra en el internet (y empiezo a preguntarme en serio si la sociedad puede sobrevivir el internet). Pero se ha derramado demasiadas veces en nuestras calles, nuestras parroquias, y nuestras familias. 

Estamos tan impacientes creer el peor de otros. Estamos tan rápidos interpretar lo que vemos y oímos en la peor luz posible, mirándonos no con mucha caridad sino con mucha sospecha. Más y más estamos dispuestos a ver a los con quienes no estamos de acuerdo no meramente como equivocados sino como malos y malignos. Los vemos no como almas para las quienes murió Cristo para salvar, sino como enemigos a quienes es nuestro deber destrozar. Y consideramos todo esto como el fruto de sabiduría y perspicacia.

Pero la enseñanza ascética de la Iglesia una y otra vez nos avisa que tal estado es de hecho lo que los demonios están intentando tan arduamente producir dentro de nosotros. El mismo nombre diablo (-devil- en inglés)  viene de la palabra griega para -el calumniador-. El nombe es bien merecido. No hay verdad que los demonios no retorcerán, no hay mentira que no usarán en su intento incesante de desviarnos del sendero claro y sencillo a salvación dado por el Señor Mismo en Lucas 6:35-38:

Amad, pués, á vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo: porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed pues misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados: no condenéis, y no seréis condenados: perdonad, y seréis perdonados. Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida, y rebosando darán en vuestro seno: porque con la misma medida que midiereis, os será vuelto á medir.

Recientemente había un reporte de una visión de una mujer en Grecia de su recientemente difunto padre espiritual, Padre Ephraim de Arizona. Los padres del Monasterio de San Anthony testifican que esta visión es verdadera:

Ella vio a Geronda Ephraim, quien estaba muy triste y Le estaba pidiendo a Cristo acerca de las tribulaciones venideras - cosas que se corresponden mucho con las cosas que enseñaba Geronda mientras vivía en este mundo. Y él le dijo:

—¡Arrepentimiento! ¡Arrepentimiento! Cristo está muy enojado. Nosotros hoy en día no deben estar en el estado espiritual en lo que nos encontramos. Males grandes vienen - no puedes imaginar cuál mal. ¡Ay, lo que te espera! Arrepiéntete mientras hay tiempo. Arrodíllate y llora; derrama lágrimas de arrepentimiento para que Cristo Se suavice. Esto también tiene que ver con lo que está pasando en los EEUU. Muchas personas partirán por todo lo que viene, muchas personas partirán (se morirán). Ustedes no son misericordiosos los unos hacia los otros, no tienen misericordia. Son duros. Una persona devorará a otra. Díle estas cosas a tu padre espiritual y a otros.—

Dios sabe que no hay falta de pecados abundando en este mundo como un total y en nuestro país particularmente. Verdaderamente podemos hacer propias las palabras del Profeta: —Porque nuestras rebeliones se han multiplicado delante de ti, y nuestros pecados han atestiguado contra nosotros; porque con nosotros están nuestras iniquidades, y conocemos nuestros pecados— (Isaías 59:12). Pero de todos los pecados, el hombre enviado por Dios advertió exclusivamente - y en los términos más fuertes posibles- de sólo uno: nuestra falta de misericordia y nuestra dureza para nuestros hermanos. Cada uno de nosotros debe tomarnos estas palabras extremadamente aleccionadoras al pecho. 

Pero debemos también armarnos de valor y estar de buena esperanza. Su advertencia era serio pero también nos señaló el sendero seguro a salvación: arrepentimiento humilde y oración ferviente a nuestro Dios todo-misericordioso. El Señor ha arreglado absolutamente todas las cosas en todo el mundo y en nuestras vidas para dar a cada uno de nosotros cada oportunidad posible para —ser salvos y venir al conocimiento de la verdad— (1 Tim. 2:4).

Y la manera de ser salvado de verdad es muy sencilla. —Sean misericordiosos como su Padre también es misericordioso.— 

Después de todo, la palabra -apocalipsis- no significa -destrucción- ni -el fin del mundo-. Significa -revelación- o -develamiento-. Develará lo que está dentro de cada uno de nuestros corazones. Y así nuestro trabajo durante este tiempo que nos queda es preparar nuestros corazones para el develamiento para que en ese día —nosotros todos, mirando á cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el Espíritu del Señor.— (2 Cor. 3:18).

Que Dios nos de a todos nosotros la gracia para volvernos misericordiosos. Que nos de la gracia de volvernos como Él. Amén. 

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